Después de aquella velada tan triste en la que ambas se habían dicho adiós, decidió coger el metro para volver a casa.
De repente, notó que todas y cada una de las personas con las que se iba cruzando se volvían a mirarla, como si llevara algo roto o le quedasen restos de la cena en la comisura de los labios. Se miró, discretamente, al pasar por delante de un escaparate, por si, a pesar de su esmero en arreglarse, llevara una carrera en la media, un mechón de pelo fuera de su sitio, un dobladillo descosido... Nada. Todo estaba perfecto.
Entró en la boca del metro, introdujo el billete en la ranura y corrió al vagón ya que el tren llegaba justo en ese momento.
Consiguió, por casualidad un asiento libre en el atestado vagón y, una vez sentada, volvió a tener la sensación de ser observada de soslayo por el resto de los pasajeros. Volvió a palparse el peinado, a buscarse una carrera en la media, manchas de barro en los zapatos, algún roto en la falda... Otra vez, nada.
Se apeó al llegar a su estación de destino, volvió a salir a la calle y echó a correr hacia su casa.
Cuando entró en su apartamento, sintió en su pecho la tristeza del adiós, el dolor de la soledad, el frío del desamor... Sólo entonces se dio cuenta de que llevaba un roto en el corazón.
(Toledo, junio 2007)
De repente, notó que todas y cada una de las personas con las que se iba cruzando se volvían a mirarla, como si llevara algo roto o le quedasen restos de la cena en la comisura de los labios. Se miró, discretamente, al pasar por delante de un escaparate, por si, a pesar de su esmero en arreglarse, llevara una carrera en la media, un mechón de pelo fuera de su sitio, un dobladillo descosido... Nada. Todo estaba perfecto.
Entró en la boca del metro, introdujo el billete en la ranura y corrió al vagón ya que el tren llegaba justo en ese momento.
Consiguió, por casualidad un asiento libre en el atestado vagón y, una vez sentada, volvió a tener la sensación de ser observada de soslayo por el resto de los pasajeros. Volvió a palparse el peinado, a buscarse una carrera en la media, manchas de barro en los zapatos, algún roto en la falda... Otra vez, nada.
Se apeó al llegar a su estación de destino, volvió a salir a la calle y echó a correr hacia su casa.
Cuando entró en su apartamento, sintió en su pecho la tristeza del adiós, el dolor de la soledad, el frío del desamor... Sólo entonces se dio cuenta de que llevaba un roto en el corazón.
(Toledo, junio 2007)
4 comentarios:
Qué bonito, me gusta mucho, me resulta muy tierno y, a la vez, muy real. Qué sensación tan guapa me ha quedado al leerlo. gracias.
Eres una artista al teclado, frantic :)
Mmmmm esa sensación tan familiar de que todo el mundo te mira.....
Hola!
llegué hasta aqui desde vía poesía, gracias por tu visita, tienes cosas muy interesantes me gustan los relatos que presentas aquí!
Un abrazo
Thelma
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