La vi por primera vez entre cestas llenas de manzanas, tan menuda que parecía que se iba a caer dentro de alguna pero tan fuerte que, a veces, podía levantarlas más facilmente que cualquiera de nosotros. Por eso me dije que, de alguna forma, tenía que conocerla mejor.
Supe que tenía una casa allá en la montaña y hasta allí subí desde la frontera en donde está la mía. Al principio, sólo me quedaba agazapada junto a la verja, mirándola tomar el té en el porche envuelta en una manta, o escuchando las risas de sus amigos mientras compartían con ella unas cervezas. Luego me decidí a acercarme más, hasta hacerme la encontradiza y decirle "mi casa está en la frontera, siempre serás bienvenida".
Durante dos años, estuvimos devolviéndonos las visitas, compartiendo historias y tazas de té y leyendo poemas al amor de la hoguera de su montaña. Ella veía, desde la montaña, el humo que salía por la chimenea de mi laboratorio de experimentos y yo, desde la frontera, veía la luz en el porche de su casa.
Pero este último invierno fue muy duro para ella, el frío le caló los huesos y la falta de luz llenó de tristeza sus ojos y aunque su casa siempre estuvo abierta para sus amigos, no era lo mismo compartir tés, chocolate y confidencias al amor de la lumbre sabiendo que ella estaba acostada en la habitación de al lado sin querer salir.
Ayer fui a hacerle una de mis visitas habituales y me la encontré remangada y apilando todos sus enseres en el porche. Me dijo que cerraba su casa, que sentía que ya no pertenecía a aquel lugar y que necesitaba alejarse de todo pero que nunca me olvidaría, que siempre tendría presente ese humo que salía de mi laboratorio y que era el preludio de un nuevo invento, que me escribiría y que vendría a verme antes de lo que yo pensaba. Tomamos juntas los últimos tés y, antes de marcharme, insistió en fregar su taza. "Tómala", me dijo, "yo me quedo con la tuya, recuérdame cuando te prepares un té entre experimento y experimento, como yo te recordaré cada vez que me lo tome envuelta en una manta allá donde esté".
Ahora estoy en mi laboratorio y acabo de terminar mi último experimento. Pongo el agua caliente y el té en la tetera y, mientras reposan, saco de la mochila esa hermosa taza que me queda de recuerdo. La miro y vienen a mi memoria todas esas veladas llenas de calor, historias y poemas. No puedo evitar las lágrimas mientras me sirvo el té y, despacio, me acerco a la ventana desde donde, a partir de ahora, se me hará extraño no ver luz en el porche de aquella casa en la montaña.
(Zaragoza, junio 2009)
*Dedicado a Pon con todo mi cariño. Se me hará extraño dejar de ver luz en aquella casa en la montaña.
Supe que tenía una casa allá en la montaña y hasta allí subí desde la frontera en donde está la mía. Al principio, sólo me quedaba agazapada junto a la verja, mirándola tomar el té en el porche envuelta en una manta, o escuchando las risas de sus amigos mientras compartían con ella unas cervezas. Luego me decidí a acercarme más, hasta hacerme la encontradiza y decirle "mi casa está en la frontera, siempre serás bienvenida".
Durante dos años, estuvimos devolviéndonos las visitas, compartiendo historias y tazas de té y leyendo poemas al amor de la hoguera de su montaña. Ella veía, desde la montaña, el humo que salía por la chimenea de mi laboratorio de experimentos y yo, desde la frontera, veía la luz en el porche de su casa.
Pero este último invierno fue muy duro para ella, el frío le caló los huesos y la falta de luz llenó de tristeza sus ojos y aunque su casa siempre estuvo abierta para sus amigos, no era lo mismo compartir tés, chocolate y confidencias al amor de la lumbre sabiendo que ella estaba acostada en la habitación de al lado sin querer salir.
Ayer fui a hacerle una de mis visitas habituales y me la encontré remangada y apilando todos sus enseres en el porche. Me dijo que cerraba su casa, que sentía que ya no pertenecía a aquel lugar y que necesitaba alejarse de todo pero que nunca me olvidaría, que siempre tendría presente ese humo que salía de mi laboratorio y que era el preludio de un nuevo invento, que me escribiría y que vendría a verme antes de lo que yo pensaba. Tomamos juntas los últimos tés y, antes de marcharme, insistió en fregar su taza. "Tómala", me dijo, "yo me quedo con la tuya, recuérdame cuando te prepares un té entre experimento y experimento, como yo te recordaré cada vez que me lo tome envuelta en una manta allá donde esté".
Ahora estoy en mi laboratorio y acabo de terminar mi último experimento. Pongo el agua caliente y el té en la tetera y, mientras reposan, saco de la mochila esa hermosa taza que me queda de recuerdo. La miro y vienen a mi memoria todas esas veladas llenas de calor, historias y poemas. No puedo evitar las lágrimas mientras me sirvo el té y, despacio, me acerco a la ventana desde donde, a partir de ahora, se me hará extraño no ver luz en el porche de aquella casa en la montaña.
(Zaragoza, junio 2009)
*Dedicado a Pon con todo mi cariño. Se me hará extraño dejar de ver luz en aquella casa en la montaña.
3 comentarios:
Primero, voy a matarte; yo aguantando el tipo y vas tú y me haces llorar. Segundo, darte miles de gracias por este regalazo tan bonito que guardaré siempre.
Seguiré buscando el humo de tus experimentos, asi que no voy a dejar de merodear cerca de tí, Frantic.
Un beso enorme, y de nuevo gracias, querida.
¡Huy!Creo que tendríamos que matarnos mutuamente. Estoy segura de que no lloré menos escribiéndolo que tú leyéndolo. En todo caso, es lo que siento y como tal lo expreso.
Un besazo.
Vaya dos, hija, vaya dos.
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