Muerdo con rabia la mano
que amordaza mis gritos de pánico,
que presiona mi cuello en mi almohada,
que sumerge mi rostro en el fango.
Me desuello y me desangro
cuando cruzo el alambre de espino,
cuando tropiezo sobre el asfalto,
cuando piso cristales en sueños.
Me rebelo y me resisto
a sentir una bota en mi espalda,
a bajar mi cabeza hasta el suelo,
a rendirme y dejaros ganar.
(Zaragoza, noviembre 2009)
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