La necesidad de pasar los siguientes días tranquilamente en casa, dedicada a terminar aquel puzzle de cinco mil piezas que la esperaba desde hacía semanas sobre la mesa de su ordenado salón y a disfrutar de su afición a experimentar en la cocina, con fondo musical de Vargas Blues Band, recetas de nuevos platos que acabaría llevando, como siempre, al comedor social del barrio, fue la causa de que Adela se quedara en el despacho más tiempo del acostumbrado a fin de no dejar pendiente ningún asunto que pudiera robarle un solo pensamiento durante sus breves vacaciones.
Cuando por fin salió a la calle, la rigidez de su nuca le recordó lo poco que le convenía pasar más horas de la cuenta delante del ordenador. Dada la hora que era y sabiendo que aún tardaría al menos otra más en llegar a casa, pensó en pasar por El Almacén a tomar una ración de esas deliciosas croquetas de choco que tanta fama daban al local. Relamiéndose con ese pensamiento, caminó ligera hacia el lugar para descubrir, con gran desilusión, que se hallaba cerrado por reformas.
A unos diez metros, se encontraba abierto otro bar mucho más modesto al que Adela no había entrado nunca. Cuando llegó y abrió la puerta, un cargante olor a aceite rancio, el elevado volumen del televisor que retransmitía un partido de primera fase de la Copa del Rey y la visión de un suelo lleno de arrugadas servilletas de papel al pie de la barra, estuvieron a punto de hacerle volver por donde había venido pero un repentino borboteo en su estómago vacío acabó con todas sus aprensiones.
Entre las tapas de aspecto poco apetecible que había en la barra, se decidió por un pincho de tortilla y una ración de queso y se sentó en la mesa más cercana a la puerta en un intento de alejarse del bullicio del partido televisado. Bebió a morro del tercio de cerveza que acababan de traerle con la cena y, cuando estaba a punto de pinchar un trozo de queso, la puerta se abrió para dejar paso a una menuda figura que pasó desapercibida para el resto de la clientela, absorta como estaba siguiendo las jugadas sobre el césped.
Adela miró a la recién llegada, que no tendría más de doce años, vestía un desgastado chándal y, en su mano izquierda, llevaba un hatillo en el que se adivinaba un bulto que parecía moverse. Su porte y gesto eran idénticos al de todas esas personas que acudían al comedor social del barrio con la humildad de quien no tiene nada pero con la seguridad de que, al menos ahí, iban a encontrar algo de comer. Con un gesto, llamó la atención de la niña y la invitó a sentarse con ella. La niña dio buena cuenta de la frugal cena y, antes de salir apresuradamente por la puerta, mostró una amplia sonrisa de agradecimiento a Adela y dejó sobre su regazo el hatillo con el que había entrado.
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