jueves, 16 de diciembre de 2010

ROMA

Amo Roma a pesar de que fue en este lugar donde acabó la más intensa historia de amor que haya vivido nunca. Aquí he vuelto un año después porque no quiero permitir que mi último recuerdo de esta hermosa ciudad esté ligado a Alicia. Ya no me asusta la soledad, tampoco lo contrario y prefiero guardar en mi memoria el aroma de los piccolini, la dulzura del idioma y el empedrado de las calles.

Camino despacio. ¿Para qué correr? Ya nadie me espera en ninguna parte. Callejeo y me pierdo para llegar sin darme cuenta hasta ese hotel donde nos alojamos aquellos días en un último intento de salvar lo que aún creíamos vivo. Contemplo con nostalgia la fachada y sigo pensando que esas ventanas deberían estar pintadas de verde porque resaltarían más entre el beis del muro.

-Mira esos nubarrones, se diría que traen lluvia -le dije aquella tarde después de hacer el amor. Sólo quería romper el denso mutismo que nos había envuelto y nos había dejado desnudas y heladas sobre la cama king size que compartimos en esa habitación.

-¿No puedes estar callada siquiera un rato? -respondió- Si no fuera por lo que me aburre tu cháchara me darías hasta risa algunas veces.

¿Cómo no me di cuenta de su trastorno cuando la conocí? ¿En qué momento dejó de tomar la medicación y por qué? Sentí que algo olía a leño quemado cuando ella, viajera impenitente y brillante conversadora, dejó de sentirse entusiasmada ante la inminencia de aquel viaje a Amsterdam que planeábamos con tanta ilusión y se sumió en un silencio del que cada vez me costaba más sacarla.

-No me pongas esa cara de gilipollas, sabes que no soporto esa mirada- me gritaba cuando me sentía incapaz de comprender sus súbitos cambios de humor.

Pero yo aguantaba porque, pese a todo, en sus momentos buenos, volvía a ser la encantadora mujer de la que me había enamorado. Porque me vencieron sus lágrimas el día que me confesó su enfermedad y no quise romper la promesa que le hice de que siempre estaría a su lado, soporté todos sus picos y sus valles. Intenté comprenderla y perdonarla porque yo, con todas sus manías y depresiones, la amaba.

-Ya sabías que venir a Roma era una mala idea -replicó cuando le dije que mis fuerzas se estaban agotando- ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Acercarte? ¿Alejarte? Haz lo que te dé la gana. A mí ya me da igual todo.

Pero no le dio igual.

Esa misma noche, pedí en la recepción del hotel que me cambiaran de habitación y salí con mi equipaje sin siquiera mirar atrás.

Me ha costado un año de terapia dejar de sentirme culpable por haberla dejado allí sola, por no haber estado con ella esa noche e impedirle que se tomara de golpe toda la medicación atrasada desde hacía tantos meses.

Por eso he vuelto a Roma. Necesitaba pedir perdón.

(Zaragoza, diciembre 2010)

2 comentarios:

nieves dijo...

uffffffffff...cuesta trabajo digerir la situación...
ánimo; valiente. El que ya la cuentes es un paso.....
un saludo:
Nieves

Frantic St Anger dijo...

Afortunadamente, esto es sólo un relato y todo lo que cuento es totalmente ficticio (como todo lo de este blog), pero me alegra haber sido capaz de construir una historia lo suficientemente verosímil.

Gracias y un abrazo.